En el muelle de Carmelo, a fines de los noventa, estaban encadenados tres pesqueros de PROMOPEX, cubiertos de herrumbre, escorado uno de ellos, como con ganas de zambullirse en las empetroladas aguas circundantes. Es que habían sangrado, por las heridas de sus corroídos cascos, fluía, como hilo de sangre aquel aceite, extraño al limpio río, silencioso testimonio de un crimen. Éste había ocurrido largos años ha, cuando la cooperativa pesquera se fundió, dejando unos millones de dólares de deudas, al fisco, a sus trabajadores, a los proveedores y al Banco de la República, el verdadero dueño de los barcos. La confabulación burocrática, esa que hace que un particular pueda ejecutar las prendas en tiempo y forma, en cambio el “común”, es decir el estado, está condenado a ver destruido su patrimonio, hasta en sus garantías. ¿Y quién iba a comprarlos luego que el siguiente gobierno, el de Lacalle, entregara los recursos pesqueros a la piratería internacional? Y eso fue lo que pasó, cuando los desaprensivos gobiernos entregaron el mar territorial a la depredación internacional. ¿Y qué de sus marineros? Destruyeron no solo el capital, el del banco y el de los trabajadores, sino la moral de un pueblo que creía que en el trabajo estaba la dignidad del hombre. El hombre es lo que hace, si no hace está excluido, muerto. Ahí nace esta violencia posmoderna de “los hijos de La Calle”, que tanto indigna a viejos tartufos.
Estas y otras reflexiones me hice yo decenas de veces, a partir de que un día, en una de mis giras como viajero del BSE, los veo, encadenados al muelle. Ya venían de un largo cautiverio de años en el puerto de La Paloma, del cual habían desaparecido un buen día, y yo pensé que habían recuperado su libertad, que alguien los había comprado para reiniciar su heroica tarea de pesca, pero no. Los arrastraron penosamente encadenados, como galeotes, a purgar el delito de trabajar en un país de rentistas. Así pasaron años y terminaron escondidos en aquel río, en un puertito sin esperanzas, lejos de su mar, a pocos metros de un muelle de canoas deportivas y kayaks, solo acompañados, de tanto en vez, por algún grupo de muchachos traviesos que en alguna siesta de verano osaban abordar sus cubiertas e intentar una temerosa exploración a sus oscuras y carcomidas entrañas. Cada año mas hundidos, mas escorados, como queriendo buscar la paz del olvido en el fondo del barro.
Y no supe más de ellos, porque yo también, un mal día, corrí su suerte. Mis recursos secuestrados, el mercado entregado y malbaratada la “mercadería”, por la misma burocracia asesina. Esa que no cobraba las ventas, o tiraba alegremente por la borda las ya realizadas, en abierto desprecio a mis clientes, a mi pueblo. Viejos expertos en cajonear expedientes... muertos vivientes en pasantía hacia la Caja Bancaria.
No hay justicia posible ante la infamia. No hay tribunales que entiendan de “crímenes burocráticos”, ni “ni de mal gobierno”, la única ley vigente es “la del embudo”. Esta bien torcido el “estado de derecho”. Hecha la ley hecha la trampa, la charada de “las dos bibliotecas”, por eso son los bufetes de los ex legisladores y ministros, los que más jugo le sacan a los pleitos contra el estado. Costas y costos se cargan a la cuenta del otario, al “IVA”, paga el pueblo.
La escusa de los burócratas hacedores de infamias, sale automática: “nada personal”, en todo caso, “es el sistema”. Y, el sistema siempre gana, es “la razón del artillero”.
Y, cuando algún alucinado “hijo de La Calle”, a la vuelta de cualquier esquina, me ponga un afilado acero en la yugular, por su enrojecida mirada indiferente, sentiré que no es “nada personal”. Un accidente, desgraciada colisión, con un “abuelo de la nada”, un kamikaze sin patria ni bandera.
Estas y otras reflexiones me hice yo decenas de veces, a partir de que un día, en una de mis giras como viajero del BSE, los veo, encadenados al muelle. Ya venían de un largo cautiverio de años en el puerto de La Paloma, del cual habían desaparecido un buen día, y yo pensé que habían recuperado su libertad, que alguien los había comprado para reiniciar su heroica tarea de pesca, pero no. Los arrastraron penosamente encadenados, como galeotes, a purgar el delito de trabajar en un país de rentistas. Así pasaron años y terminaron escondidos en aquel río, en un puertito sin esperanzas, lejos de su mar, a pocos metros de un muelle de canoas deportivas y kayaks, solo acompañados, de tanto en vez, por algún grupo de muchachos traviesos que en alguna siesta de verano osaban abordar sus cubiertas e intentar una temerosa exploración a sus oscuras y carcomidas entrañas. Cada año mas hundidos, mas escorados, como queriendo buscar la paz del olvido en el fondo del barro.
Y no supe más de ellos, porque yo también, un mal día, corrí su suerte. Mis recursos secuestrados, el mercado entregado y malbaratada la “mercadería”, por la misma burocracia asesina. Esa que no cobraba las ventas, o tiraba alegremente por la borda las ya realizadas, en abierto desprecio a mis clientes, a mi pueblo. Viejos expertos en cajonear expedientes... muertos vivientes en pasantía hacia la Caja Bancaria.
No hay justicia posible ante la infamia. No hay tribunales que entiendan de “crímenes burocráticos”, ni “ni de mal gobierno”, la única ley vigente es “la del embudo”. Esta bien torcido el “estado de derecho”. Hecha la ley hecha la trampa, la charada de “las dos bibliotecas”, por eso son los bufetes de los ex legisladores y ministros, los que más jugo le sacan a los pleitos contra el estado. Costas y costos se cargan a la cuenta del otario, al “IVA”, paga el pueblo.
La escusa de los burócratas hacedores de infamias, sale automática: “nada personal”, en todo caso, “es el sistema”. Y, el sistema siempre gana, es “la razón del artillero”.
Y, cuando algún alucinado “hijo de La Calle”, a la vuelta de cualquier esquina, me ponga un afilado acero en la yugular, por su enrojecida mirada indiferente, sentiré que no es “nada personal”. Un accidente, desgraciada colisión, con un “abuelo de la nada”, un kamikaze sin patria ni bandera.
Comentarios
Publicar un comentario