Esa mañana de despertó diferente. Junto a su cama estaba
su médico, el Dr. Asparian, en animada, pero seria, conversación con sus hijas.
Sus veces sonaban lejanas y sólo con grandísimo esfuerzo podía tratar de oírlos
y con mayor dificultad comprenderlos. Seguro que hablaban de él, puesto que era
su médico en la visita que le hacía todos los medio días.
El Dr. Asparian en un momento dijo,
mirándolo a él, pero dirigiéndose a su hija mayor, Andrea,” seguramente ha
hecho un infarto cerebrovascular. Hay que esperar su evolución pero no se hagan
muchas ilusiones a esta edad todo va
para peor. En setenta y dos horas puede definirse la situación. Pueden
suceder tres cosas: que se revierta y
sane, casi imposible, que se repita dejándolo en coma, o que fallezca.
Ya teníamos encaminadas las
negociaciones con una casa de salud, dijo Andrea, en dos días, el viernes,
debería ingresar, estando ya curadas las escaras en la espalda, superada la
diarrea y la fiebre… pero realmente ¡ no podemos más!
Pero no se apuren, agregó el doctor,
esto se define en estas horas, con sus noventa y siete años no hay muchas
alternativas. Por lo visto no tiene reflejos, presenta la típica relajación facial
parcial del lado derecho, con lo que se concluye que el infarto fue en el
hemisferio izquierdo, en fin, manténganse atentas, estos procesos se repiten, y
llámenme a cualquier hora. Hasta mañana.
Todo esto lo escuchó Manuel con los
ojos cerrados, por más que se esforzaba en abrirlos, de mover los brazos, la
lengua tratando de decirles que se engañaban, que él estaba bien, que nunca estuvo
tan lúcido y que no le dolía nada…. Pero parecía que no lo veían, que era
invisible para ellos, era como si estuvieran en otra pieza, o tal vez mucho más
lejos.
La puerta se cerró tras el doctor. Hubo
un prolongado silencio.
- ¿Cuánto dinero le quedará en el
banco? preguntó Andrea a su hermana Laura. Y, según nuestro hermano, Juan, unos
cincuenta mil dólares y algunos miles de pesos. ¿Qué vamos a hacer con el apartamento? Porque
está muy deteriorado, no vale nada y hay que ponerle mucha plata encima para
poder vivir aquí. ¿Quién lo necesita? ¡Nadie! Mejor venderlo ahora y meterlo en
la cuenta para pagar los gastos si va para una residencia. De lo contrario,
repartirlo en tercios. Hay que
aprovechar el poder general que tiene Juan gracias a este viejo machista, que
nunca respetó ni valoró a las mujeres y a la que más basureó fue a nuestra madre, ¡que en buena
hora se evitó tener que lidiar con su muerte!
-No seas desgraciada. Mamá vivió y
murió siendo una sometida, su esclava. Lo hubiera cuidado. Acuérdate que nos
decía que era mejor que se fuera él antes que ella.
-Porque sabía de él, con el carácter
repelente que siempre tuvo, nadie se iba
a hacer cargo.
-Cosa que él nunca hizo por ella las
veces que estuvo internada, incluso en el tiempo en que estuvo grave, poco antes
de fallecer, el año pasado. ¡Ella era una santa, no dio trabajo a nadie, se fue
en seguida! Cuando estaba ella en tu casa, él hacía visitas de diez minutos y
se venía para acá a ver televisión. Ni siquiera se quedaba a ver los partidos en su compañía…parece que
no podía soportar verla caída, sin que le pudiera dar sus órdenes de servicio.
Tú sabes que es así, éste no se merece
otra cosa que ser cuidado por extraños. ¡El que no lo conozca que lo compre!
Todo este dialogado escuchaba, con
irritación creciente, como si se tratara de una conversación en el seno de una
caverna oscura. Porque una caverna oscura era ahora su cerebro. ¡Malditas!
Quiso gritar, pero ningún músculo de su rígido cuerpo le obedeció. Con lo que
he hecho yo por esta familia de desagradecidos. A la madre, gracias a mí, se
libró de la orfandad y la servidumbre. La mantuve toda la vida, con los frutos
de mi trabajo se criaron sus hijos, estos cuervos desgraciados. Perdón, Juan, a
ti no te incluyo. El único agradecido,
siempre obediente, recto y trabajador. Te hiciste una carrera con tu propio
esfuerzo, hoy tienes un mediano patrimonio, por lo menos has logrado mucho más que yo a tu edad. Un
título, un buen trabajo y un par de propiedades, un auto, nada de eso pude
lograr yo. Ni trabajando desde los once años, como tú. Tu único defecto es ser
un pelele de tu mujer, esa culebra de mirada esquiva. Pero mis tiempos eran
difíciles, tu padre no fue el mío. Realmente tu abuelo era un tipo duro, un
aldeano bruto como un terrón. Hasta llegó a partirme un brazo de una paliza. Yo
a mis hijos nunca les toque un pelo. ¿Pero que les puedo decir yo a estos que
ellos no sepan?
Pero estas yeguas no se merecen nada.
Y menos los parásitos de sus maridos, siempre mangándome, nunca devolvieron un
peso de los que les di para salir de los apuros que en su incapacidad para
trabajar o vivir se metían. Pero, qué hacer con los hijos cuando una se emputece con un viejo treinta años mayor que
ella, se me casa preñada y en rebeldía. Y
esta era “la niña de mis ojos”, linda prometedora, pero resultó una incapaz que
se mete con ese viejo, milico coimero de putas todavía, que me la sacó de casa
desafiando mi propia hombría de bien. No puedo negar que fui un cobarde, debí
haberlo, si no muerto, metido preso por lo menos…pero la madre temió el
escándalo en el barrio… aunque vergüenza en ese barrio no había mucha, pero
nosotros veníamos de un pueblo donde sí
la había y mucha. El asunto es que ella se casó por las malas, por juzgado de
menores, jurando la castidad de María
hasta que parió aquel “prematuro” de dos
quilos…parece que se le escapó de entre las piernas cuando se sacó la
faja al mes de casarse. ¡Y la madre me juraba, llorando, que se casaba virgen!
¡Malditas mentirosas! Y la otra, despreciando algunos buenos partidos que se le
ofrecieron, se alzó con un cajetilla “bueno para nada” que la tuvo
“viviendo a salto de mata” toda la vida.
Pero, si salgo de aquí, de esta
oscura cueva, me van aguantar. Lo que me quede de dinero será para llegar al
centenario. Si, ¡los voy a joder! En tres años tendré cien, hasta ahí me han de
aguantar. Luego, Dios proveerá, porque cuando se acabe la plata me tendrán que
cuidar en sus casas, ya no habrá “mugroso apartamento”, ni plata en el banco,
ni nada. Solo mi jubilación. Pero mientras los tendré comiendo de mi mano. Les
obligaré a servirme. ¡No fui su mejor
padre, seré su peor patrón! Les cobraré todo lo que me deben
y que tengo bien documentado en mi cuaderno de familia, cobradas las deudas
estaré en paz. ¡Ya van a ver perras mal
nacidas!
En ese espacio sin tiempo la boca de
la cueva se abrió dejando entrar la luz. Miró alrededor, allí estaban los tres
hijos y el doctor que, con cara de estupefacto, dijo: ¡Volvió en sí!
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