El voto de los desterrados.
Los romanos inventaron el concepto de ciudadanía, para los hombres libres nacidos en Roma. Luego lo hicieron extensivo a otras ciudades tributarias, ser ciudadano era un privilegio, era ser hijo de Roma significaba contar con la protección del poder imperial frente al resto del mundo. A un ciudadano romano no se le podía tocar, baste leer en la propia Biblia, las peripecias de Pedro y el trato diferencial que ante las autoridades romanas se le dio por se ciudadano natural de Roma. Y a esto me remonto para mostrar el origen antiguo del sentido de ciudadanía.
Ser ciudadano es además un privilegio, es lo contrario de ser “paria”, nada civil. Ser ciudadano en tiempos del Imperio español, tenía sus grados, pero realmente se era mas ciudadano si se le reconocía ser “hidalgo de solar conocido”, es decir propietario. La ciudadanía en cuanto al ejercicio del voto, de participación en los asuntos públicos, desde Roma hasta hace un siglo, no solo era simple privilegio de nacidos en el país, había que se propietario. Entre nosotros, los fundadores de Montevideo fueron declarados por el Rey, “hidalgos con solar conocido”, al asignarles dotaciones de solares y suertes de chacra y estancia, en premio a ser los primeros pobladores de la nueva ciudad.
Así pues, aquellos rústicos pobladores, analfabetos los mas, fueron desde el principio ciudadanos plenos, con derecho a formar parte del cabildo de la ciudad, elegidos y elegibles. De ahí parte nuestro ancestral concepto de ciudadanía. Luego vendría la patriada de la independencia, en la cual los hombres, todos del pueblo, en sus cabildos abiertos, aquel pueblo reunido y armado que se juntaba alrededor de los caudillos federales,” sindicato del gaucho”, desde Artigas en adelante, fueron elegidos y elegibles.
La constitución oligárquica de 1830 convirtió en parias a los no propietarios, como creación del patriciado mercantil del puerto. Se impuso el concepto de Mariano Moreno, “clase decente es todo varón blanco que use levita”. El resto era la chusma incivil, carne de gleba o de cañón…
Partiendo del viejo concepto romano, ser ciudadano, ser “hijo de alguien con solar conocido”, en una palabra tener origen de nacimiento, conlleva diversos privilegios inherentes a la suerte colectiva de la sociedad a la que pertenecemos. No es lo mismo ser “hidalgo” en la España bajo cuyo” imperio no se ponía el sol”, en tiempos de Carlos V, ser ciudadano del Imperio Británico en tiempos de la Reina Victoria, o mas cercano, ser ciudadano de los EEUU, o simple “sudaca”, “camisa mojada” , verdadero paria universal, con un insignificante estado natal que defienda sus derechos.
Nuestros desterrados cargan con nuestro fracaso como nación, cargan con la culpa congénita, con las taras de los padrastros que ha tenido la patria para su desgracia en estos dos siglos. Tal es así, que aún los pobres migrantes europeos, aquellos que el hambre lanzaba a nuestras costas, tanos, gaitas, alemanes, ingleses, nunca perdieron el amparo de sus estados nacionales. Hoy no solo pueden votar, pueden contar con el amparo de sus compatriotas. ¿Por qué? Porque simplemente lo último que puede pasarle a un ser humano, es que sea borrado su origen, perder sus raíces. Por que, perder la patria es la última de las desgracias, solo comparables con la muerte, a la que solo están sometidos aquellos que han sido despojados de su territorio, de su lugar bajo el sol. O sea aquellos que tienen que optar entre asimilarse, volverse similar, al invasor o su muerte individual. Matar su memoria social para sobrevivir como miembro amputado, tal como le pasó a los antiguos habitantes de nuestras tierras americanas.
Nuestros desterrados pues no solo tienen el magro respaldo de sus paupérrimas patrias, sino que, según los ensoberbecidos cobardes que se quedan para medrar con sus restos, les niegan sus naturales derechos de reconocimiento. Pero no se niegan a recibir los miles de millones de dólares con que Ámérica Latina, Uruguay incluido, ve enriquecidas sus arcas, trabajo de desterrados que mantiene abiertas las puertas de sus casas natales. ¿Cuántos viejos sobreviven en Uruguay gracias a las remesas de sus hijos? Porqué no preguntan al Banco Central los importes de las remesas de uruguayos a sus familias, año a año. Y, no son los Uruguayos los principales turistas extra zona que visitan año a año, volviendo desde Europa o Estados Unidos a veranear. Son los Uruguayos los principales turistas que año a año, vienen dejan divisas, compran propiedades y ayudan a sus familias todo el año.
No es solo insensato negarle el voto a los desterrados, es ser mala gente, de aprovechados. ¿Cuantos pobres menos hay gracias a las remesas de los desterrados?
El reconocimiento de los derechos civiles a los desterrados, por obra y gracia de los incapaces que han gobernado este país dos siglos, no admite la menor demora. Esta deuda es una vergüenza nacional, una omisión crapulosa, que nos pinta como un pueblo de miserables. Negarles el voto es convertirlos definitivamente en parias universales.
Los romanos inventaron el concepto de ciudadanía, para los hombres libres nacidos en Roma. Luego lo hicieron extensivo a otras ciudades tributarias, ser ciudadano era un privilegio, era ser hijo de Roma significaba contar con la protección del poder imperial frente al resto del mundo. A un ciudadano romano no se le podía tocar, baste leer en la propia Biblia, las peripecias de Pedro y el trato diferencial que ante las autoridades romanas se le dio por se ciudadano natural de Roma. Y a esto me remonto para mostrar el origen antiguo del sentido de ciudadanía.
Ser ciudadano es además un privilegio, es lo contrario de ser “paria”, nada civil. Ser ciudadano en tiempos del Imperio español, tenía sus grados, pero realmente se era mas ciudadano si se le reconocía ser “hidalgo de solar conocido”, es decir propietario. La ciudadanía en cuanto al ejercicio del voto, de participación en los asuntos públicos, desde Roma hasta hace un siglo, no solo era simple privilegio de nacidos en el país, había que se propietario. Entre nosotros, los fundadores de Montevideo fueron declarados por el Rey, “hidalgos con solar conocido”, al asignarles dotaciones de solares y suertes de chacra y estancia, en premio a ser los primeros pobladores de la nueva ciudad.
Así pues, aquellos rústicos pobladores, analfabetos los mas, fueron desde el principio ciudadanos plenos, con derecho a formar parte del cabildo de la ciudad, elegidos y elegibles. De ahí parte nuestro ancestral concepto de ciudadanía. Luego vendría la patriada de la independencia, en la cual los hombres, todos del pueblo, en sus cabildos abiertos, aquel pueblo reunido y armado que se juntaba alrededor de los caudillos federales,” sindicato del gaucho”, desde Artigas en adelante, fueron elegidos y elegibles.
La constitución oligárquica de 1830 convirtió en parias a los no propietarios, como creación del patriciado mercantil del puerto. Se impuso el concepto de Mariano Moreno, “clase decente es todo varón blanco que use levita”. El resto era la chusma incivil, carne de gleba o de cañón…
Partiendo del viejo concepto romano, ser ciudadano, ser “hijo de alguien con solar conocido”, en una palabra tener origen de nacimiento, conlleva diversos privilegios inherentes a la suerte colectiva de la sociedad a la que pertenecemos. No es lo mismo ser “hidalgo” en la España bajo cuyo” imperio no se ponía el sol”, en tiempos de Carlos V, ser ciudadano del Imperio Británico en tiempos de la Reina Victoria, o mas cercano, ser ciudadano de los EEUU, o simple “sudaca”, “camisa mojada” , verdadero paria universal, con un insignificante estado natal que defienda sus derechos.
Nuestros desterrados cargan con nuestro fracaso como nación, cargan con la culpa congénita, con las taras de los padrastros que ha tenido la patria para su desgracia en estos dos siglos. Tal es así, que aún los pobres migrantes europeos, aquellos que el hambre lanzaba a nuestras costas, tanos, gaitas, alemanes, ingleses, nunca perdieron el amparo de sus estados nacionales. Hoy no solo pueden votar, pueden contar con el amparo de sus compatriotas. ¿Por qué? Porque simplemente lo último que puede pasarle a un ser humano, es que sea borrado su origen, perder sus raíces. Por que, perder la patria es la última de las desgracias, solo comparables con la muerte, a la que solo están sometidos aquellos que han sido despojados de su territorio, de su lugar bajo el sol. O sea aquellos que tienen que optar entre asimilarse, volverse similar, al invasor o su muerte individual. Matar su memoria social para sobrevivir como miembro amputado, tal como le pasó a los antiguos habitantes de nuestras tierras americanas.
Nuestros desterrados pues no solo tienen el magro respaldo de sus paupérrimas patrias, sino que, según los ensoberbecidos cobardes que se quedan para medrar con sus restos, les niegan sus naturales derechos de reconocimiento. Pero no se niegan a recibir los miles de millones de dólares con que Ámérica Latina, Uruguay incluido, ve enriquecidas sus arcas, trabajo de desterrados que mantiene abiertas las puertas de sus casas natales. ¿Cuántos viejos sobreviven en Uruguay gracias a las remesas de sus hijos? Porqué no preguntan al Banco Central los importes de las remesas de uruguayos a sus familias, año a año. Y, no son los Uruguayos los principales turistas extra zona que visitan año a año, volviendo desde Europa o Estados Unidos a veranear. Son los Uruguayos los principales turistas que año a año, vienen dejan divisas, compran propiedades y ayudan a sus familias todo el año.
No es solo insensato negarle el voto a los desterrados, es ser mala gente, de aprovechados. ¿Cuantos pobres menos hay gracias a las remesas de los desterrados?
El reconocimiento de los derechos civiles a los desterrados, por obra y gracia de los incapaces que han gobernado este país dos siglos, no admite la menor demora. Esta deuda es una vergüenza nacional, una omisión crapulosa, que nos pinta como un pueblo de miserables. Negarles el voto es convertirlos definitivamente en parias universales.
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